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Cámbiate, para cambiar el mundo

“El mundo está fatal. Así no hay quien viva. Nada tiene solución porque los problemas son estructurales. La culpa es de los políticos, los empresarios, los poderosos… Si todos hiciesen lo que yo digo, todo se solucionaría, pero eso es imposible. Ojalá hubiese gente que solucionase los problemas, pero no la hay. A mí solo me queda ir tirando como pueda y resignarme”.


“El mundo tiene cosas buenas y malas. Doy gracias por las buenas. Respecto a las malas creo que sí que tienen solución. Históricamente se han solucionado muchos problemas que parecían irresolubles. No sé si soy responsable de algún problema, pero desde luego sí que puedo serlo de las soluciones. Tengo capacidad de cambiar el mundo. Aunque sea un grano de arena, pero ya habré cambiado el mundo en eso. Voy a empezar por…”.

Hey, ¿con cuál te quedas? ¿te identificas con alguna? ¿eres de los que ven la botella medio vacía o medio llena? ¿quieres cambiar?


Como ya te has dado cuenta, estas dos maneras de pensar no tienen mucho en común. En efecto, son la expresión de dos actitudes mutuamente excluyentes que Stephen Covey calificaría, respectivamente, como reactiva y proactiva[1]. Podemos definir a una persona reactiva como aquella que no se siente responsable de los problemas, entendiendo responsabilidad como “capacidad de respuesta”. Somos reactivos cuando consideramos que no podemos hacer nada para formar parte de la solución, por considerar que esta debe darse por un cambio de comportamiento de otra persona, normalmente percibida como “culpable”.


Una persona proactiva, en cambio, no permanece encallada en ese bucle de buscar culpables y teorizar sobre qué decisiones ajenas arreglarían el mundo, sino que hace suyo el problema, piensa posibles soluciones y se arremanga para llevarlas a cabo. No se pregunta ¿qué pueden hacer los demás por mí? sino ¿qué puedo hacer yo por los demás? No espera a que los demás actúen: toma la iniciativa.



Está claro que es más cómodo ser reactivo. Basta sentarse en un sillón, poner las noticias y hacer cábalas sobre cómo podría solucionarse el cotarro. Ah, y quedarse bien agusto despotricando. Ser proactivo, sin embargo, implica hacer un análisis mucho más a fondo sobre las causas del problema y la viabilidad de los posibles remedios. Pero sobre todo, supone salir de casa -de la zona de confort-, mancharse las manos, sudar y arriesgarse a fracasar. Ciertamente no parece tan cómodo, pero desde luego es infinitamente más efectivo: con una respuesta proactiva el cotarro podrá cambiar o no; ahora bien, lo que es seguro es que nunca cambiará con una respuesta reactiva.


Ser proactivo es, además, infinitamente más ilusionante. En tanto me doy cuenta que la solución al problema -ya sea una necesidad del mercado, un problema social, una complicación laboral, etc.- está en mi mano, ¡guau!, ¡puedo ser parte de la solución! ¡qué flipe! Y es que con este cambio de actitud, en el fondo, recuperamos nuestra libertad interior, que en el fondo es la libertad verdadera. Cuando eliminamos esas barreras mentales autoimpuestas desaparecen los auténticos límites que nos impedían avanzar. Solo entonces nos volvemos plenamente capaces -y, por tanto, motivados- para pelear por un mundo mejor, para luchar por esos grandes ideales de bien que todos llevamos dentro y de cuyo empeño por sacar adelante depende, intuimos, que nuestra vida tenga un auténtico sentido.


Aprovechemos este mayor tiempo de reflexión que nos brinda el confinamiento para pensar sobre el propósito de nuestra vida, sobre el sentido de nuestra existencia, sobre qué papel queremos jugar en los desafíos del hoy y del mañana. En definitiva, para recomenzar[2]. Recuerda: de que tú y yo nos decidamos a arremangarnos para aportar soluciones dependen muchas cosas grandes. ¡A por ello!



[1] “The Seven Habits of Highly Effective People”. Stephen Covey. 1989. [2] “Recomenzar”. Fulgencio Espá. It’s time to think. 2020

ESCRITO POR: Daniel Gallo

https://www.emprendedoresocialesfm.com/


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